No duele, no se ve y casi nunca se diagnostica a tiempo. El inflammaging es un estado de inflamación crónica de bajo grado que se instala con la edad y que la evidencia científica identifica como uno de los motores centrales detrás de la pérdida de colágeno, la flacidez y el envejecimiento acelerado de la piel. Esto es lo que dice la investigación —y qué se puede hacer al respecto.
El término "inflammaging" —fusión de inflammation y aging— fue propuesto en el año 2000 por el investigador italiano Claudio Franceschi y su equipo para describir un fenómeno muy específico: a medida que envejecemos, el cuerpo desarrolla un estado inflamatorio crónico, de bajo grado y sostenido en el tiempo, asociado a la exposición prolongada a antígenos endógenos y exógenos, así como al estrés.
Es un concepto distinto de la inflamación aguda que todos conocemos —la de una herida, una infección o un golpe—, que es puntual, protectora y se resuelve. El inflammaging, en cambio, es silencioso: no genera dolor evidente ni signos clásicos de inflamación, pero mantiene activados de forma crónica al sistema inmune innato y adaptativo, con producción sostenida de citocinas proinflamatorias como la interleucina 1 (IL-1), la interleucina 6 (IL-6) y el factor de necrosis tumoral alfa (TNF-α).
"No es una enfermedad que se diagnostica con un síntoma. Es un estado de fondo que, sostenido durante años, condiciona qué tan bien o mal envejecen tus tejidos —incluida tu piel."
El inflammaging está estrechamente ligado a otro proceso: la inmunosenescencia, es decir, el envejecimiento del propio sistema inmunológico. Con la edad, el sistema inmune innato reduce su capacidad de fagocitosis y producción de superóxido en neutrófilos, disminuye la actividad de los macrófagos y las células dendríticas alteran su migración. En el sistema inmune adaptativo, el timo se atrofia, hay menos células T nativas y se reduce la producción de citocinas reguladoras —lo que favorece un estado proinflamatorio sostenido con menor capacidad real de respuesta ante nuevas amenazas.
Este círculo se retroalimenta: la activación inmune crónica genera daño tisular y especies reactivas de oxígeno (ROS), que a su vez promueven más citocinas proinflamatorias y más remodelación tisular dañina. Es, literalmente, un círculo vicioso documentado en la literatura de biogerontología.
La piel no queda exenta del proceso. Su envejecimiento se describe en dos vías: el intrínseco o cronológico —pérdida celular, adelgazamiento de la epidermis, arrugas finas— y el extrínseco o fotoenvejecimiento, inducido por la radiación ultravioleta, con menor firmeza, arrugas profundas y pigmentación irregular. La inflamación y la acumulación de ROS son señaladas como factores causales comunes en ambos tipos de envejecimiento cutáneo.
La radiación UV desencadena una cascada bien documentada a nivel cutáneo: induce a los queratinocitos epidérmicos a liberar IL-1 y TNF-α, genera ROS con reducción de los mecanismos antioxidantes, activa mastocitos que generan prostaglandinas, histamina y leucotrienos, y contribuye a la muerte de queratinocitos y a la peroxidación de lípidos de membrana. Los neutrófilos y los macrófagos participan activamente: los macrófagos, en particular, dañan la matriz extracelular y disminuyen el número y la función de los fibroblastos, lo que se traduce clínicamente en elastosis y fotodaño.
Un dato relevante a nivel molecular: la citocina IL-1β, una de las más asociadas al inflammaging, inhibe directamente la producción de colágeno al aumentar la expresión de metaloproteinasas (MMPs), las enzimas responsables de degradarlo. Es el mismo eje bioquímico por el que la inflamación crónica se traduce, con el tiempo, en piel menos firme y con arrugas más profundas.
"Una piel con inflamación de bajo grado sostenida no solo envejece más rápido: también cicatriza peor y responde con menos eficiencia a los tratamientos estéticos."
La literatura médica —incluida la revisión publicada por el Centro Dermatológico "Dr. Ladislao de la Pascua" de la Secretaría de Salud de la Ciudad de México— identifica varias estrategias de intervención con distintos niveles de evidencia:
La misma revisión señala que fármacos como la metformina cuentan con estudios preliminares sobre su efecto "antiedad", mientras que la evidencia actual no respalda el uso de estatinas específicamente para prevenir enfermedades de componente inflamatorio asociado al envejecimiento.
En el terreno de la medicina estética, los tratamientos con mayor coherencia con esta biología son los que actúan directamente sobre la función de los fibroblastos y el equilibrio antioxidante de la piel. Los exosomas faciales transportan proteínas, ARN mensajero y microARN que activan la proliferación celular y la reparación tisular, con efecto documentado en la reducción de mediadores inflamatorios locales. Los polinucleótidos —como los utilizados en Profhilo y Rejuran Healer— actúan como fracciones purificadas de ADN que estimulan a los fibroblastos productores de colágeno y elastina, con un perfil antiinflamatorio y antioxidante descrito en la literatura por su capacidad de neutralizar el daño de los radicales libres.
Es importante ser precisos: ninguno de estos tratamientos "cura" el inflammaging ni sustituye el control metabólico de base. Su valor, respaldado por la evidencia disponible, es que trabajan en la misma dirección biológica —menos inflamación local, más actividad de fibroblastos, mejor matriz extracelular— como complemento de las estrategias de fondo.
Aunque el proceso es universal con la edad, hay perfiles en los que vale especialmente la pena evaluarlo dentro de una consulta de longevidad:
Médica cirujana. Posgrado en medicina estética, obesidad y longevidad; diplomado en medicina funcional y ortomolecular. Cédula profesional 13413234.